La crisis política en Venezuela ha puesto en evidencia las diferencias ideológicas y generacionales entre el presidente chileno Gabriel Boric y los líderes de la llamada “vieja guardia” de la izquierda latinoamericana, representada por Luiz Inácio Lula da Silva, Andrés Manuel López Obrador y Gustavo Petro. Mientras Boric cuestionó rápidamente la transparencia de las elecciones en Venezuela, sus homólogos adoptaron una postura más cautelosa, buscando mediar en la crisis sin confrontar directamente al gobierno de Nicolás Maduro.

El presidente Boric, que representa una nueva generación de líderes de izquierda, ha mantenido una postura crítica hacia regímenes como los de Venezuela, Nicaragua y Cuba, diferenciándose de sus colegas más veteranos, quienes han mostrado mayor reticencia a condenar abiertamente a gobiernos con afinidades ideológicas. Esta actitud ha generado tensiones, especialmente cuando Boric pidió “total transparencia” en el proceso electoral venezolano, en contraste con la estrategia de mediación y diálogo adoptada por Lula, López Obrador y Petro.

Las diferencias entre estos líderes no son solo retóricas, sino que reflejan un cambio generacional y una nueva visión de la izquierda en la región. Boric, nacido en la etapa final de la dictadura de Pinochet, cuestiona la legitimidad de gobiernos que no respetan los derechos humanos, una postura que contrasta con la de sus colegas, quienes vivieron en una época donde las revoluciones de Cuba y Nicaragua eran vistas como ejemplos a seguir.

La situación en Venezuela ha llevado a una ruptura diplomática entre Boric y Maduro, y aunque Lula y otros intentan mantener canales de diálogo abiertos, persisten las dudas sobre la efectividad de esta estrategia. Boric, por su parte, parece estar impulsando una redefinición de lo que significa ser de izquierda en el siglo XXI, subrayando el compromiso con los derechos humanos y la democracia como pilares fundamentales.